Viaje arqueológico a la Asturias romanizada
AMAN te propone un viaje arqueológico excepcional a Asturias, donde el territorio conserva intacta la huella de las culturas prerromanas y romanas en un paisaje de enorme fuerza histórica y natural. Entre el jueves 28 y el domingo 31 de mayo de 2026, recorreremos algunos de los yacimientos más emblemáticos del norte peninsular: el Castro de Coaña, referente del mundo castreño; Campa Torres, clave para entender la romanización del litoral, los enclaves urbanos de Gijón, con su muralla, termas o el yacimiento de Veranes, ejemplo singular de ocupación romana en el medio rural, entre otros. La visita incluirá también el entorno de Moaña, integrando costa, montaña y poblamiento antiguo.
Esta experiencia se enmarca en los valores que definen Asturias: respeto por el paisaje, identidad cultural, memoria histórica y convivencia entre naturaleza y patrimonio. Un territorio donde la arqueología no se entiende sin el mar, la tierra y las comunidades que los habitaron.
Nos acompañarán expertos de primer nivel, como la profesora Carmen Fernández Ochoa y su equipo, junto al Dr. Ángel Villa, que aportarán una visión directa y rigurosa de las investigaciones, los procesos de excavación y la interpretación histórica de los yacimientos.
Cuatro días para comprender el pasado desde el lugar donde ocurrió, caminar sobre la historia y descubrir cómo Asturias fue puente entre mundos, culturas y paisajes que aún hoy dialogan con nosotros.
CRONICA VIAJE ARQUEOLÓGICO ASTURIAS ROMANIZADA. 28-31 MAYO 2026
En la fachada cantábrica de la Península Ibérica, las fuentes literarias clásicas sitúan una serie de pueblos, localizados a ambos lados de los sistemas montañosos, que recorren el territorio de Este a Oeste. El área noroccidental de este territorio lo ocupan los astures, estrechamente relacionados con los pueblos galaicos del noroeste y con los cántabros, aspecto que ya percibió Estrabón al afirmar que la manera de vivir de estos tres pueblos era de todo similar. Sus tierras se extendieron desde el área galaica hasta el Valle del Sella por el Este, mientras que por el sur ocupaban el ángulo noroeste de la maseta hasta el río Esla, que marcaba el límite con los vacceos.
Sin embargo, las comunidades indígenas anteriores a la conquista romana no sabemos hasta qué punto coincidirían con los límites señalados, bajo ya la administración romana. Pues a diferencia de otros pueblos como los vacceos o los vetones, los pueblos prerromanos que ocuparon durante la Edad de Hierro, el territorio del Conventus Asturum no parecen homogéneos desde un punto de vista étnico, por lo que los romanos pudieron haber utilizado el nombre de alguna de las comunidades para referirse al territorio de forma global.
De esta forma, desde el punto de vista arqueológico, se pueden diferenciar los grupos al norte de la Cordillera Cantábrica, entre el Navia y el Sella, de los grupos del interior en torno a las montañas de León, el Bierzo y las sierras zamoranas y que posiblemente se extendieron hasta las tierras llanas del Duero, pueblos mucho más abiertos a la influencia de vacceos y celtibéricos. Estas diferencias también se evidencian en la economía. De base agropecuaria con una agricultura cerealística, de escanda en Asturias, de centeno y mijo en las montañas leonesas y de trigo en las llanuras de la meseta y la ganadera de vacuno, ovicapridos y cerdos
Los orígenes de los más antiguos castros astures son controvertidos, ya que no siempre se ha sabido diferenciar y fechar bien las fases de ocupación, prerromana y romana. Estos castros han sido tradicionalmente ligados a la última fase de la conquista de Iberia por parte de Roma, aunque en la actualidad el debate sobre la pretendida fundación en época romana de buena parte de los castros astures está superada al confirmarse que los más antiguos pueden fecharse al final de la Edad del Bronce, aunque su principal desarrollo se produzca durante la Edad de Hierro y su ocupación declinó bajo dominación romana en los siglos I y II d. C.
Pero podíamos preguntarnos. ¿Qué son los castros o qué es un castro? Los castros son poblados estables, bien delimitados por elementos naturales o artificiales, característicos de la Edad del Hierro. Se elegían en lugares altos, laderas, espolones, o acantilados marinos y el perímetro del asentamiento, se reforzaba con murallas, empalizadas y fosos. En el territorio que vamos a visitar, que es el más occidental de Asturias, entre el Valle del Navia y el curso del río Eo, se distribuyen 70 castros, el paisaje se caracteriza por una topografía quebrada con valles y cordales montañosos que alcanzan cotas superiores a los 1000 metros. Los castros ocupan emplazamientos variados desde la misma línea de costa hasta las abruptas sierras interiores. De todos ellos, sólo una decena han sido objeto de excavación.
El viaje que AMAN nos propuso para los días finales de mayo era un viaje a Asturias, con el fin de conocer la huella dejada por Roma en esas tierras y como los pueblos prerromanos de la zona se van integrando poco a poco en el mundo romano, que por un lado les aporta lengua, nueva cultura, otras formas de vida, usos, costumbres, infraestructuras, nuevas construcciones y por otro lado les desculturiza pues van perdiendo sus formas ancestrales de vida y sus culturas vernáculas.
Jueves 28 de mayo
El viaje comenzaba a las 8 horas del jueves 28 de mayo, pero por un desajuste con la empresa de transporte, resuelto en los últimos momentos por los organizadores (Andrés, Belén), lo que evitó que hubiese que suspender el viaje, pero retrasó el comienzo hasta las 10 horas, aunque desde las 7:30 hasta las 10:45 fueron apareciendo por el MAN los ansiosos viajeros. Así que con nuestro joven conductor Álvaro y un autobús supuestamente nuevo, después de los saludos, los reencuentros y las noticias de los amigos que no habían sido agraciados en el sorteo comenzó el viaje hacía Asturias, de la que nos separaban 555 Km.
La primera parada fue en una gasolinera en Las Rozas donde recogimos a Carmen Fernández Ochoa, “Melus” para su alumnado y allegados, catedrática emérita de la UAM, figura imprescindible para comprender la arqueología romana del norte peninsular y una de las investigadoras que más profundamente transformó el conocimiento histórico sobre la Asturias antigua. Carmen nos acompañó todo el viaje y nos fue trasmitiendo su saber, su jovialidad y su simpatía. Un lujo para los viajeros.
El viaje continuó, pero las dos horas de retraso obligaron a comer unos suculentos bocadillos en el Área de Servicio Exit de Villalpando (Zamora), en el Km 236 de la Nacional VI, y nos perdimos la comida prevista en el Restaurante Llar de la Catedral en Oviedo, pero conseguimos mantener nuestra previsión de visitas, que es lo que a todos nos guiaba.
Después de la comida seguimos en dirección León, tomando la AP66 (Autopista dentro de la Ruta de la Plata que conecta Asturias con Sevilla desde Gijón) y adentrándonos en el Parque Natural de Babia y Luna, atravesando el embalse Barrios de Luna (León) por el puente del Ingeniero Carlos Fernández Casado, a 107 Km de Oviedo, y nos dirigimos hacía el macizo del Negrón, macizo montañoso que separa Asturias de León, el cual atravesamos por los siete túneles que lo horadan con una longitud total de 17 Km, siendo el más largo el túnel del Negrón de 4100 metros. Este macizo también separa dos microclimas y es habitual entrar en el túnel en León con sol y salir en Asturias con un clima nublado o lluvioso. Una vez atravesados los túneles, dejamos a nuestra derecha la otra conexión de Asturias con la meseta, a través del puerto de Pajares y así atravesando Campomanes, Mieres y otras localidades llegamos a Oviedo y nos dirigimos al Museo de Oviedo.
Museo Arqueológico de Asturias
El museo Arqueológico de Asturias era uno de los platos fuertes del viaje. Nuestra primera sorpresa no fue una pieza arqueológica, sino el propio edificio. El Museo Arqueológico de Asturias se localiza en pleno casco histórico de Oviedo, situado en el antiguo Monasterio Benedictino de San Vicente, detrás de la cabecera de la Catedral y junto al convento de San Pelayo. El museo está integrado de forma magistral en el antiguo claustro del monasterio. La mezcla es espectacular, caminas entre arcos del siglo XVI, pero de repente entras en una ampliación moderna y luminosa que hace brillar las piezas expuestas. El edifico moderno consta de cuatro plantas y ocupa parte del solar del antiguo monasterio. El Museo abarca desde el neolítico hasta la Edad Media.
Haciendo un poco de historia, nos cuentan que el museo surge del desastre artístico que supuso la desamortización de los bienes eclesiásticos en 1837 y que puso en peligro y llevó al mundo secular gran número de obras de arte religiosas. Para salvaguardar este rico patrimonio fueron creadas las Comisiones Provinciales de Monumentos. La Comisión de Asturias crea un Museo de Antigüedades para recoger todos los bienes religiosos de las distintas iglesias desamortizadas. Este museo tuvo distintas sedes hasta que, ya en el año 1952, el Convento de San Vicente se convierte en la sede permanente.

Museo Arqueológico de Asturias, claustro (Foto Diego Trinidad)
A los fondos de la antigua Comisión de Monumentos, se van sumando a lo largo de los años las donaciones de colecciones particulares como las realizadas por los herederos del Conde de la Vega del Sella, del Marqués de la Rodriga y de Aurelio de Llano y Roza de Ampudia, lo que unido a las compras realizadas por la Diputación de Oviedo a lo largo de la década de 1960 a 1970, amplió la colección del museo anterior y fue la base del actual Museo Arqueológico de Asturias. Posteriormente, a partir de los años 70 se fueron ampliando con la colección paleolítica y las colecciones castreña y romana.
Para realizar la visita nos dividimos en dos grupos uno dirigido por Carmen Fernández Ochoa y otro por Ángel Villa Vallés, arqueólogo del Museo Arqueológico de Asturias y uno de los principales especialistas en cultura castreña. En esta visita fuimos conociendo las distintas colecciones del museo.
Así visitamos la sección de los “Tiempos Prehistóricos y el Arte mueble paleolítico”. La presencia de grupos humanos en Asturias se remonta a unos 300.000 años. Estas especies en respuesta a las condiciones ambientales ocuparon cavidades y abrigos cercanos a los ríos. En Asturias existen casi medio centenar de cuevas con imágenes de enorme belleza, donde los más remotos antepasados astures grabaron o pintaron animales y signos.
La arqueología ha sacado a la luz sus estrategias de subsistencia (caza, pesca y recolección) y ha permitido averiguar sus avances técnicos en la fabricación de herramientas. Así pudimos contemplar la amplia colección de bifaces, raederas, buriles, raspadores, puntas musterienses, azagayas, agujas, arpones, cantos, la gran representación de picos asturienses, en definitiva, un recorrido por la industria lítica y ósea prehistórica.
El museo posee también una de las colecciones de arte mueble (objetos grabados o tallados) más importantes del Cantábrico español. Aparte de las representaciones parietales en cuevas y abrigos, estos pueblos prehistóricos nos dejaron un amplio elenco de representaciones de animales o del cuerpo humano, esculpidas sobre diferentes soportes, algunas de ellas de gran belleza como las encontradas en la Cueva de las Caldas (Priorio, Oviedo), como una asta grabada con un caballo en relieve; un propulsor con una venus grabada; o una plaqueta grabada con un caballo, como más representativas.

Museo Arqueológico de Asturias, plaqueta de la Cueva de las Caldas (Foto Luis Martín)
También debemos referirnos, en esta sección, a la presentación que del mundo de los Neandertales ofrece el museo, pero que sobre todo de los últimos descubrimientos en la cueva del Sidrón, cueva paradigmática para el estudio de los neandertales en Asturias. No podemos dejar de referirnos a la representación hiperrealista de una mujer neandertal que existe en el museo, cubierta de pieles.
La segunda sección es la que se denomina “Neolítico y Edad de los Metales”. La colección explica el drástico cambio cultural que sufrió la región hace unos 4.500 años, cuando las sociedades cazadoras-recolectoras dieron paso a los primeros asentamientos de productores agrícolas y ganaderos, que talaron bosques, abrieron las primeras parcelas de cultivo y forzaron la aparición de espacios abiertos para obtener pastizales, domesticando animales y plantas. En los primeros paneles, nos topamos con hileras de hachas de piedra perfectamente pulidas. Al mirar detalladamente estas piezas, nos damos cuenta de que no eran solo herramientas, sino la tecnología punta que permitió a los antiguos asturianos talar los primeros bosques cantábricos para abrir campos de cultivo. La destreza técnica impresiona.
Unos pasos más adelante, nos encontramos la famosa Laja decorada del Dolmen del Castellín, (Allande). Los megalitos, con su sentido ritual y territorial, se incorporaron al paisaje asturiano como reflejo de una nueva y compleja sociedad campesina. En el interior de algunos dólmenes aparecen lastras con decoración de motivos geométricos y abstractos, que se podrían relacionar con la idea neolítica del ciclo vida a muerte y con el culto a los antepasados, como en la laja que comentamos. Alrededor, otras vitrinas custodian el ajuar que acompañaba a los muertos: Puntas de flecha de sílex talladas con una precisión geométrica increíble; cuentas de collar que revelan el nacimiento del adorno personal; un pequeño anillo de oro hallado en un dolmen.
Por último, en esta sección se nos presenta el comienzo de la metalurgia. El dominio técnico de estas sociedades neolíticas permitió la conversión del mineral en metal. La explotación intensiva de las minas de cobre y la expansión del fenómeno metalúrgico propiciaron el desarrollo de sociedades cada vez más complejas. El museo recrea de forma magistral la atmósfera de las minas de cobre de la Sierra del Aramo. Junto a los picos de asta de ciervo utilizados para picar la roca, el panel explicativo nos advierte que los arqueólogos hallaron esqueletos humanos en el fondo de las galerías. ¿Eran accidentes?; ¿eran ofrendas rituales? La mina era un lugar sagrado y peligroso.
La siguiente sección se titula, “La Cultura Castreña: El reflejo de la Edad del Hierro asturiana”. El museo de Oviedo articula la transición de la Edad del Bronce a la Edad del Hierro a través del fenómeno de los castros. La museografía de esta sección es brillante, apoyada en recursos interactivos y audiovisuales que explican la vida cotidiana en yacimientos tan imponentes como el Castro de Coaña o el de Chao Samartín.

Angel Villa explicando el Museo Arqueológico de Asturias (Foto Andres Carretero)
En esta sección nos encontramos, importantes descubrimientos en joyas de orfebrería, como los discos con filigrana de oro y plata y los pendientes castreños. Aunque muchas de estas piezas áureas se encuentran descontextualizados de su ubicación original, su técnica de fundido a la cera perdida y cordoneados es sublime. También hay una buena representación de armamento singular, como una espada de bronce única en la región y, sobre todo, dos cascos singulares de la Edad del Hierro hallados en una cueva de Ribadesella, en una excavación ilegal, pero según nos cuenta Ángel los apartaron a un lado y avisaron a las autoridades de forma anónima, actitud no muy común en estas personas. Estos cascos son piezas clave para entender la actividad bélica prerromana.
Encontramos también en la exposición, ejemplos de metalurgia y vida diaria y se nos muestra conjuntos de crisoles de fundición y tortas de plata (como las de Chao Samartín). Estas evocan directamente las crónicas de Estrabón sobre el uso de recortes de plata como moneda de cambio por los pueblos del norte. También destacan las fíbulas zoomorfas en bronce y los peines de la época.

Claustro alto del Museo Arqueológico de Asturias (Foto Andres Carretero)
El claustro alto del museo alberga la sección denominada “La Colección Romana: La transformación del territorio y el oro del Imperio”, donde encontramos una estupenda colección de lápidas y aras romanas que impresiona por su montaje. El espacio está dominado por la imponente réplica de la estela de Pintaius (un astur que sirvió como portaestandarte en una cohorte romana). También pudimos ver las estelas originales de Voconia, Magnentia y la lauda de Pentio Flavo halladas en Cangas de Onís. Una de las paradas obligatorias fue el mosaico de la Villa de Vega del Ciego (Lena), un excelente testimonio de la implantación de las grandes explotaciones agrícolas de época romana en el centro de Asturias. Además, se exhiben imponentes capiteles romanos hallados en el propio subsuelo de Oviedo (como el de la fuente de la Rúa), que demuestran la reutilización de materiales romanos durante la Alta Edad Media. Nos llamaron mucho la atención las vitrinas con los ajuares cotidianos de la época: lucernas, delicados vasos y jarritas de vidrio fino.
Por último, en la sección llamada “Las actividades metalúrgicas: Del taller castreño a la mina romana”, se nos explica que Asturias es tierra de metales y eso se nota en el museo. La metalurgia no era solo una industria aislada, sino una actividad integrada en la vida comunitaria y campesina. Nos fascinaron los crisoles de arcilla con pico vertederos procedentes de yacimientos como el Castro de Llagú (Oviedo) y el Chao Samartín. Son pequeñas vasijas térmicas donde se fundían aleaciones de bronce y metales preciosos, pudiendo ver las escorias vitrificadas pegadas al barro.
Los orfebres castreños no trabajaban a ciegas, el museo expone piedras de toque (utilizadas para comprobar la pureza del oro frotándolo contra la roca) y balanzas con sus ponderales o pesos. Esto demuestra que en los castros asturianos existía un control exhaustivo del valor del metal, mucho antes de que Roma impusiera su ley monetaria. Al pasar a la sección romana, las herramientas cambian de escala. Se exponen picos de hierro, cuñas de madera para romper la roca por dilatación y mazas pesadas. Todo un arsenal tecnológico destinado a nutrir la gigantesca maquinaria extractiva de las minas de oro del Occidente asturiano.

Museo Arqueológico de Asturias, grupo en la sala de cultura visigoda (Foto Belén Martínez)
También hay que señalar que, en el Claustro, en la planta baja se exhibe una magnífica colección de heráldica y tumbas nobiliarias y que el museo exhibe la Celda del Padre Feijoo, espacio que rinde homenaje a este ilustre monje e intelectual que habitó el propio edificio del monasterio.
Una vez realizada la interesantísima visita nos dirigimos a la villa de Navia, situada a las orillas del rio del mismo nombre y nos trasladamos al Hotel Blanco Spa, donde dormiríamos la primera noche. Una vez realizado el registro y aposentados en nuestras respectivas habitaciones, después de unas cervezas en la barra del bar del hotel, pasamos al comedor donde se sirvió la cena. Cena agradable charlando con los compañeros, pero nos retiramos pronto a nuestras habitaciones pues había sido un día intenso y el que más o el que menos se encontraba cansado.
Viernes 28 de mayo
A las 8:45 de la mañana y después de un reparador desayuno, cargamos nuestras maletas en el autobús y nos dirigimos a visitar el Castro de Mohías, guiados por Carmen Fernández Ochoa y por Ángel Villa Vallés, pero también acompañados por Almudena Orejas Saco del Valle y Rubén Montes López, otros dos brillantes arqueólogos especializados en la Cultura castreña y la Romanización.
Castro de Mohías
El Castro De Mohías se encuentra entre las localidades de Ortigueira, Mohías y Jarrio y dista 1,5 km de la costa. El castro se descubrió en 1939 por Antonio García Bellido, pero las excavaciones no se iniciaron hasta 1968 y continuaron de forma intermitente hasta 1989. En 2021 se reemprendió la actividad arqueológica, bajo la dirección de Rubén Montes López, que nos fue explicando las distintas fases y que era lo que estábamos viendo, en el castro. Durante estos años se pusieron al descubierto unas 80 construcciones y parte del dispositivo defensivo establecido a su alrededor.

Castro de Mohías, perspectiva general (Foto Diego Trinidad)

Grupo sobre el castro de Mohías
El poblado se extiende sobre una amplia meseta recortada hacia el norte y oeste por el Arroyo de Jarrio. Hacia el sur la continuidad con la rasa litoral determina el único flanco vulnerable y por esta razón sus habitantes volcaron aquí su mayor esfuerzo, para construir fortificaciones suficientes que garantizaran la seguridad de sus familias y pertenencias, hasta tres fosos consecutivos fueron excavados en la roca y alternados con otros tantos parapetos elevados con el escombro producido. Esta obra magnífica puede observarse al vadear el acceso actual al yacimiento.

Castro de Mohías, área de viviendas
El barrio de cabañas se dispone con un trazado regular que sugiere un origen plenamente romano. Las casas de planta rectangular, aunque de esquinas redondeadas se distribuyen sobre una red de calles y callejones bien planificados, encontrándose canales de desagüe, tramos pavimentados o contrafuertes en las esquinas para protegerlas del tránsito de los carros. En su interior fueron descubiertos hogares, morteros fabricados sobre bloques de granito similares a los descritos en Coaña y abundante material cerámico que señala la ocupación del castro durante los siglos I y II d. C, aunque las últimas investigaciones han encontrado indicios de ocupación en los momentos tardíos de la Edad del Hierro.
Castro de Coaña
Desde allí nos dirigimos hacía el Castro de Coaña. El Castro de Coaña o Castellón de Villacondide es uno de los más conocidos del noroeste de la Península Ibérica. Los restos descubiertos ocupan menos de una de las 7 hectáreas sobre la que se asentó el poblado. El Castellón de Coaña es el más popular de cuantos castros se conocen en Asturias. Esta notoriedad se debe a lo temprano de su descubrimiento y a la gran extensión excavada a lo largo de casi 200 años de intervenciones.
El poblado ocupa una colina de 90 m de altitud, en la ribera occidental del río Navia, cerca de su desembocadura en el mar Cantábrico. El castro tiene una larga historia que se prolongó hasta época romana, periodo en que se encontraban en uso la mayor parte de los restos arqueológicos que hoy se visitan. El estuario del río Navia ofrecía un buen refugio a las embarcaciones, que surcaban las aguas cantábricas y facilitaba el acceso al interior de la región, pues era navegable, aguas arriba, varios kilómetros. El río Navia sirvió a partir del siglo I d. C. de límite administrativo, entre los conventos de los astures y de los galaicos lucenses y a él hacen mención los escritos clásicos de Plinio y Ptolomeo.

Castro de Coaña
Ángel Villa, que nos acompaña, ha dirigido desde 1999 las intervenciones en espacios singulares del castro como las termas rituales o el barrio oriental. El castro fue delimitado por una gruesa muralla a la que precede, en todo su perímetro, un foso excavado en la roca, oculto hoy bajo los escombros de la primitiva cerca. La entrada se realizaba por una vía pavimentada que atravesaba dos puertas con sendos cuerpos de guardia. El camino termina en un gran torreón que domina el conjunto y el último acceso al recinto, aunque se consideró elemento defensivo, actualmente se considera de uso ceremonial de época romana.

Castro de Coaña, puerta de acceso (Foto Diego Trinidad)

Castro de Coaña, linea de muralla (Foto Daniel Domínguez)

Castro de Coaña: Virginia Casado al pie de la “acrópolis”
El núcleo más singular del poblado es sin duda el denominado recinto sacro, que se extiende al pie de la Acrópolis, donde se descubrieron dos saunas de tipo castreño. Son edificios exclusivos de los castros del noroeste de la Península Ibérica, que fueron interpretados durante mucho tiempo como hornos crematorios. En la actualidad se admite su utilización como saunas de origen prerromano, que son adaptadas al gusto clásico durante la época imperial. La Acrópolis es un amplio recinto que ocupa la cumbre de la colina y que ya en el siglo V a. C. estaba delimitado por una poderosa muralla y un foso. Conserva cabañas de la Edad del Hierro y de época romana y se la ha situado como la parte más antigua del castro.
En el poblado se conservan hasta 80 cabañas que se distribuyen sobre la ladera noroeste sin orden aparente. Entre ellas predominan las de planta circular y vestíbulo o rectangulares con esquinas redondeadas, evitando las medianerías. Algunas conservan el banco corrido donde según Estrabón, las gentes castreñas realizaban las celebraciones sentadas en orden de edad y dignidad. En ellas se han encontrado morteros de cazoleta, molinos de rotación y también de vaivén, que pudimos ver en el centro de interpretación del castro.

Castro de Coaña, viviendas (Foto Diego Trinidad)

Castro de Coaña, viviendas (Foto Luis Martín)
El castro estuvo habitado desde la Edad del Hierro (siglo V a. C.) y su ocupación se prolongó hasta época romana, en la que se renovaron las antiguas fortificaciones y se reordeno el espacio urbano con nuevos edificios, nuevas calles y con sistemas de desagüe en el centro de las mismas. Se ha encontrado abundante material cerámico, con vajillas de importación gala e hispana, mezcladas con cerámicas de decoración local.
En toda la visita al castro tanto Ángel, como Rubén, Almudena y Carmen fueron contestando a las cuestiones, que les surgían a los visitantes sobre costumbres, relación con los romanos, continuidad de las antiguas costumbres, los guerreros astures en las tropas auxiliares, etc., y nos fueron aclarando nuestros desconocimientos sobre este interesante período de la primera ocupación romana en las tierras astures. Al salir del castro visitamos el pequeño pero agradable centro de interpretación, perfectamente integrado en la ladera de la colina y con estupendos paneles explicando los castros, el Castro de Coaña, la vida cotidiana, la minería, etc., y donde pudimos ver muchas de las piezas encontradas en las excavaciones.
Desde allí nos dirigimos al Restaurante del Hotel el Blanco donde comimos y bebimos y reparamos fuerzas después de una interesante mañana.
Castro de Cabo Blanco
Por la tarde visitamos el Castro de Cabo Blanco, situado en la localidad de Valdepares. Después de una pequeña caminata por una senda sin asfaltar, dejando a la derecha el Palacio de Fonfría del siglo XVI y a la izquierda el cementerio, nos dirigimos hacía el castro, que ocupa un alargado brazo de tierra que forma el cabo y una amplia zona continental previa.
Cabo Blanco es uno de los más extensos castros de Asturias, con aproximadamente 6 hectáreas de superficie. El acceso estuvo protegido por un importante aparato defensivo, cinco líneas de protección constituidas por fosos, murallas y parapetos, datadas en diferentes períodos. Los fosos fueron excavados en la roca formada por pizarras y areniscas, es fácilmente reconocible el más monumental de ellos con casi 200 m de longitud y hasta 10 m de profundidad. Los materiales arqueológicos encontrados, prueban que el castro ya estuvo habitado en la Edad de Hierro, desde momentos muy tempranos siglos VIII-VI a. C. hasta el siglo I de nuestra era.

Castro de Cabo Blanco, foso (Foto Luis Martín)

Castro de Cabo Blanco, grupo en el foso (Foto Andre´s Carretero)
El foso y parapeto excavado son impresionantes y los cuatro recintos que contaba el castro, como nos cuenta Ángel, los cuales suponemos debajo de la braña y el follaje que en Asturias tapa en poco tiempo cualquier resto. Por otro lado, la vista del Cabo es impactante y divisamos a lo lejos el precioso pueblo pesquero de Viavélez, lugar de nacimiento de la escritora Corín Tellado. Una vez recreadas las pupilas con el mar y realizadas las fotos de rigor, volvimos a caminar para dirigirnos a la última visita del día.
Castro del Esteiro
Así que nos acercamos al pueblo de Tapia de Casariego donde visitamos el Castro de Esteiro. Para llegar a él, pasamos por la bonita playa de la Paloma, donde desemboca el río Esteiro. Esta playa tiene un encanto y una belleza natural impresionante, gracias a la conformación de sus arenas finas y blancas, a modo de meandro hacia el mar. Para llegar al castro, desde la playa, tuvimos que coger una trocha, camino dificultoso del que nuestros arqueólogos se quejaban, pues hace difícil el acceso y, al no facilitar la visita, impide que se pongan en valor las posibilidades turísticas de dicho castro. Estos comentarios trajeron controversia con algunos de los viajeros, sobre cuál era la mejor decisión pues, como comentaban, en arqueología siempre nos encontramos con esa disyuntiva: facilitar la llegada de visitantes a las zonas arqueológicas o conservarlas sin visitantes, solo para la investigación, para intentar preservar sus cualidades. Cualquiera de ellas tenía sus pros y sus contras, pero es verdad que las autoridades locales deben ser más receptivas a invertir en investigaciones arqueológicas a largo plazo y no buscando una rentabilidad mediática en el corto plazo.

Castro de Esteiro (Foto Luis Martin)
Esta trocha nos proporcionó una sorpresa, al ser una zona frecuentada por ganado, al día siguiente Almudena nos comentó que había sido parasitada por una garrapata, teniendo que acercarse a quitársela a un Centro de Salud. Otra persona del viaje también le pasó lo mismo, lo que llevó, a que todos, cuando llegamos a nuestro hotel, nos revisáramos bien, por si teníamos alguna de ellas.
El castro cuenta unas 6 ha de superficie total y se emplaza sobre un frente de costa delimitado hacia el Este-Sureste por el arroyo de la Fernada en su desembocadura en la playa de la Paloma y por el Norte-Noroeste por los acantilados marinos. Las estructuras defensivas visibles muestran un sistema de fortificaciones complejo, integrado por fosos y taludes que hacen pensar a los arqueólogos en la existencia de al menos tres recintos.
Su ocupación se ha datado de la Edad del Hierro hasta el siglo II d. C, aunque es probable que fuera también habitado durante la Edad Media.
Desde el Castro de Esteiro nos dirigimos a Gijón, donde nos dividimos en dos grupos, unos nos alojábamos en el Hotel Blue Santa Rosa y otros en el Blue Marqués. Los dos hoteles se encontraban cerca y en plena zona de copas, sobre todo el hotel Santa Rosa. Algunos de nosotros cenamos por la zona y posteriormente, sin trasnochar mucho, nos retiramos a nuestras habitaciones.
Sábado 30 de mayo
Empezamos el día siguiente quedando, desayunados, a las 8:35 en la puerta del hotel Marqués, para continuar visitando nuevos castros. Nuestro conductor nos llevó a un paraje situado a 7 km del centro de Gijón, junto a unos feos y antiguos depósitos de Repsol y sobre un puerto de descarga y entrega de carbón y llegamos a Campa Torres.

La triste entrada a Campa Torres (Foto Andrés Carretero)
Campa Torres
El Parque Arqueológico Natural de la Campa Torres, bien de interés cultural desde 1994, se ubica en la Península del Cabo Torres, cierre occidental de la Bahía de Gijón. Se trata de uno de los elementos geográficos de mayor personalidad de la costa central asturiana, ocupando un promontorio sobre el mar Cantábrico, desde donde se controla visualmente tanto la línea costera como el acceso al puerto natural de Gijón. En este lugar se emplaza un extenso yacimiento arqueológico, que tiene su origen en momentos tempranos de la Edad del Hierro y cuenta además con una fase romanizada de los siglos I y II d. C. Este enclave, identificado con el antiguo oppidum o castro de Noega, citado por Estrabon y Plinio, fue perdiendo interés a partir del siglo II por la competencia de la recién fundada ciudad de Gijón.
El recorrido se encuentra estructurado con 15 puntos de observación que permiten la identificación de los elementos más representativos del poblado. Empezando en la carretera, fuimos siguiendo esos puntos, con nuestros guías Carmen, Almudena y Rubén, observando los distintos elementos que nos señalaban. Vimos, el conjunto defensivo del castro, que se compone de cuatro elementos: el foso que corta el istmo de este a oeste, una pequeña elevación, que corresponde al contrafoso y a continuación el antecastro, franja de terreno que antecede a la muralla, último elemento y visualmente más significativo. Nos dirigimos después al foso que se extiende en dirección este oeste hasta morir en un abrupto corte que cae a plomo sobre el actual puerto de Musel. Este tajo impresionante, excavado por los primeros pobladores no tiene una forma homogénea, ya que, dependiendo de la naturaleza de la roca, cortaban secciones en U o en V, pero alcanza más de 8 m de profundidad y una considerable anchura. Popularmente se le ha dominado el Canal de los moros.

Campa Torres, foso de la muralla (Foto Luis Martin)
Desde ahí retrocedimos y tuvimos una visión general de la muralla, que se extiende paralela a lo largo de todo el istmo de la península de Torres. Según nos iban contando, fue construida por los astures con piedra del lugar (cuarcitas y en menor medida calizas), las hiladas se fueron disponiendo, nivelando primero el terreno y elevando después en franjas horizontales tiradas a cordel, formando una especie de caja que era rellenada en su interior por piedra y tierra, estos bloques no se unían con argamasa. Identificamos el gran bastión, el bastión oriental y distintos módulos transversales dentro de dicha muralla.

Campa Torres, muralla (Foto Luis Martin)
Pudimos también distinguir un paseo de ronda y una visión general de todo el yacimiento desde la altura. En esta zona se encuentran restos de viviendas prerromanas de planta circular construidas con materiales perecederos, y es una de las zonas de hábitat más antigua de los astures, pues su cronología se remonta al siglo V a. C.

Campa de Torres, vista general (Foto Andrés Carretero)
Esta visión general nos permitió observar el planeamiento urbanístico romano y las construcciones romanas de piedra y planta cuadrangular, y así comprender la evolución urbanística y cultural del asentamiento, evidenciando el progresivo proceso de romanización experimentado por el castro, tras la conquista del territorio.
Continuamos nuestro recorrido visitando las estructuras romanas del Castro: las distintas casas, algunas con pozo, que les proporcionaba agua; otras estructuras que nos señalan que Noega tenía una dedicación metalúrgica, observando cubetas, excavaciones semiesféricas en el suelo, recubiertas de una bóveda de arcilla y piedras y hornillos de fundición; un aljibe con corredor y escalones, que acumulaba el agua que le llegaba de otro punto de captación, no encontrado todavía. Pero al lado de ellas, también nos encontramos con cabañas circulares indígenas y un pozo prerromano.

Campa Torres, pozo (Foto Diego Trinidad)

Campa Torres, area de viviendas

Campa Torres, área de viviendas romanas
En estos momentos se mantuvo un interesante debate sobre el proceso de romanización. Nos explicaron cómo la presencia romana no supuso una ruptura inmediata con las tradiciones indígenas, sino un proceso gradual de transformación social, económica y cultural. La incorporación del territorio al Imperio Romano modificó las formas de organización política, las actividades productivas, la arquitectura y las costumbres de la población, aunque muchos elementos de la cultura castreña continuaron presentes durante varias generaciones. Esta coexistencia entre elementos indígenas y romanos resulta especialmente visible en las estructuras excavadas y en los materiales recuperados en el yacimiento.

Campa Torres, museo (Foto Jesus Sanchez)
La visita también incluyó el centro de interpretación, donde se exponen materiales arqueológicos recuperados en las excavaciones, como cerámicas, molinos de mano, objetos metálicos, elementos de adorno personal, fíbulas, armas, monedas y diversos utensilios relacionados con las actividades domésticas y artesanales, que contribuyen a reconstruir la historia del yacimiento y de las comunidades que lo habitaron. Además, se explica la importancia de las investigaciones arqueológicas desarrolladas en las últimas décadas y los actuales proyectos de conservación, restauración y puesta en valor del enclave. A través de paneles explicativos, recreaciones y materiales originales recuperados durante las excavaciones, pudimos conocer la secuencia cronológica del asentamiento, así como las principales características culturales de las poblaciones que habitaron este territorio antes de la conquista romana.
Villa romana de Veranes
Desde allí nos dirigimos a la villa romana de Veranes, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del norte de España, convertido hoy en un museo de sitio, que muestra el esplendor del Imperio romano en Asturias y una de las villas romanas mejor conservadas. Se sitúa en la parroquia de Cenero, a unos 12 kilómetros de Gijón, en una verde ladera soleada orientada al mediodía y muy cerca de la antigua ruta romana que conectaba con Asturica Augusta (Astorga).
El complejo, abarca aproximadamente una hectárea de extensión, en la que las investigaciones arqueológicas reflejan una ocupación muy prolongada, con tres fases bien definidas: Fase Altoimperial (Siglo I-III d. C.): Nace originalmente como una explotación agrícola o establecimiento rural de dimensiones modestas. Fase Bajoimperial (Siglo IV d.C.): Se construye la gran villa señorial sobre el antiguo asentamiento. Perteneció a un propietario (dominus) de gran relevancia y alta capacidad económica en la región, que posiblemente se llamara Veranius. Época Tardoantigua y Medieval (Siglos V al XIV): El uso de la villa cambia significativamente, sus estancias nobles se reconvierten en talleres metalúrgicos y en una necrópolis medieval vinculada a una primitiva iglesia bajo la advocación de San Pedro y Santa María.
Las excavaciones arqueológicas científicas en la Villa Romana de Veranes fueron dirigidas principalmente por los arqueólogos Lauro Olmo Enciso, Carmen Fernández Ochoa y Fernando Gil Sendino. En la primera campaña en 1980 Carmen Fernández Ochoa puso de relieve la importancia de la fase romana del yacimiento y se organizó un plan riguroso de investigación. Lauro Olmo Enciso asumió la dirección, a pie de campo, de las primeras cuatro campañas oficiales de excavación sistemática ejecutadas entre 1983 y 1987. Y a partir de 1997, Carmen Fernández Ochoa y Fernando Gil Sendino, codirigieron la reanudación de las excavaciones dentro del marco del proyecto Gijón Romano. Sus minuciosos trabajos permitieron descubrir la monumentalidad de la residencia señorial del siglo IV y sirvieron de base para la apertura del actual Museo de la Villa Romana de Veranes.
Comenzó nuestra visita con una foto de familia, de los arqueólogos del equipo de Carmen juntos, a la entrada del museo, que nos fueron enseñando y explicando el yacimiento, aportando cada uno sus conocimientos en los distintos aspectos del mismo.

Veranes, equipo arqueológico: Rubén, Almudena, Carmen, Pilar y Fernando (Foto Belén Martínez)
El Museo que fue inaugurado en el año 2007, cuenta con un edificio de recepción que sirve como centro de interpretación, donde en grandes paneles vamos viendo las distintas fases del yacimiento y de las excavaciones a lo largo de los años, también se proyecta un vídeo explicativo y se exponen objetos hallados en las excavaciones.

Veranes, maqueta museografía
El conjunto arquitectónico se organiza de manera escalonada en cuatro terrazas excavadas en la ladera, en las que encontramos la Pars Rustica: Ubicada al norte de la entrada principal, conserva las huellas de la cocina, los hornos y un gran horreum (granero) fundamental para la autosuficiencia de la villa. La Pars Urbana: Espacio donde residía el propietario y donde se ejercía el poder. Destacan el triclinio, un gran comedor absidial; los dormitorios; la exedra o sala de estar; la habitación del señor (diaeta) y exclusivas estancias de representación social y de recepción ceremonial como el oecus, sala de representación pavimentada con un mosaico polícromo y protegido por una cubierta, que intenta evocar el volumen que en su origen tuvo esta habitación y al que se accede por unas espectaculares escaleras. En esta estancia, el señor de Veranes recibía la clientela y a las embajadas públicas o privadas y ejercía su dominio sobre gentes y tierras intentando ponerse a un nivel casi equivalente al del propio emperador.

Veranes, mosaico (Foto Jesus Sanchez)

Veranes –
Las Termas privadas o balnea. El complejo contaba con su propia zona de baños calefactados y pavimentos decorados con mosaicos policromos de gran valor arqueológico.

Veranes, termas (Foto Daniel Domínguez)
Tras su abandono, la villa de Veranes, como hemos señalado, algunos de sus espacios continuaron en uso como iglesia y cementerio medieval.
Una vez visitada la villa nos dirigimos a comer al restaurante El Filandón, en el que, en una mesa larga y corrida, pudimos disfrutar de una deliciosa comida y comentar los sucesos y las anécdotas de la jornada.
Museo del Pueblo de Asturias
Después de la comida, visitamos el Museo del Pueblo Asturiano. Este museo fue creado en 1968, por iniciativa del Ayuntamiento de Gijón y la Cámara de Comercio, Industria y Navegación con el objetivo de conservar, estudiar y difundir la memoria del pueblo asturiano. El museo ocupa un recinto arbolado de 35.000 m² y posee una charca de agua salobre, recuerdo de la marisma que en otro tiempo existía en el lugar. El recinto es un agradable espacio de ocio, en él se organizan distintas celebraciones. El día que lo visitamos se estaba celebrando, con música y baile, “el día del emigrante”.
Al llegar nos recibió su director Joaquín López Álvarez (Juaco), que desde 1992 dirige el museo y fue nuestro guía en la visita, trasmitiéndonos su entusiasmo por la cultura asturiana y por su colección etnográfica. Nos fue desgranando cada pieza del museo, recordando como las había conseguido, que dificultades había tenido para encuadrar cada pieza, para conseguir donaciones de las colecciones fotográficas, de las colecciones documentales, de la religiosidad, etc. La primera dificultad, que nos contó, es el propio edificio que acoge el museo, un edificio feo, moderno, que en 1994 se trasladó al recinto, desde de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, donde fue el Pabellón de Asturias y se decidió que albergara el museo, lo que obligó a “Juaco” a intentar integrar la colección etnográfica en la estructura y estética del Pabellón.
El área museográfica está formada por objetos representativos de la vida cotidiana producidos a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX, entre los que cabe destacar los relacionados con el equipamiento doméstico, la agricultura y la ganadería, los oficios tradicionales, el ocio y la religiosidad popular. Aquí muchos de los viajeros recordamos objetos que estuvieron en las casas de nuestros abuelos, sobre todo si estas casas eran agrícolas, y objetos que conocimos o utilizamos en nuestras casas de pequeños.
Otras colecciones se presentan al público en varios edificios, algunos de los cuales, como las casonas, el llagar, los hórreos y las paneras, constituyen en sí mismos una parte de la exposición.

Grupo en la recreacion de las cabañas delMuseo de Pueblo de Asturias (Foto Belén Martínez)

Lagar del Museo del Pueblo de Asturias (Foto Margarita)

Museo del Pueblo de Asturias, horreo (Foto Margarita Pereda)

Museo del Pueblo de Asturias, panera (Foto Margarita Pereda)

Museo del Pueblo de Asturias, casa palacio de los González de la Vega (Foto Andrés Carretero)
El área musical, desde 1992, tiene su sede en la Casa de los González de la Vega. Comprende las colecciones de naturaleza musical expuestas al público en el “Museo de la Gaita” y distribuidas en cuatro bloques: gaitas del mundo, gaita asturiana, instrumentos tradicionales asturianos, (panderos, castañuelas, cuernos y flautas de construcción popular) y modernos instrumentos de producción industrial (el acordeón y el organillo), así como también las partituras y grabaciones comerciales de música asturiana en distintos soportes. El Museo de la Gaita tiene también como finalidad la investigación, conservación y difusión del patrimonio musical asturiano.
El área fotográfica se ubica en la Casa de los Valdés y reúne el conjunto de fondos y colecciones fotográficas del museo. Más de un millón de fotografías y tarjetas postales procedentes de distintos archivos. Todos estos fondos se pueden ver y consultar con medios digitales. Las imágenes publicadas pertenecen a cincuenta fondos fotográficos en los que están representados algunos de los más relevantes fotógrafos profesionales y aficionados de Asturias, así como multitud de temáticas y numerosas localidades. Las fechas de estas imágenes abarcan desde 1880 a 2000. En estos momentos están publicadas 30.000 fotografías.
El área documental del museo está integrada por materiales de diversa procedencia, así nos encontramos con documentos personales y archivos familiares, con documentos de industrias y comercios y con un extenso fondo gráfico, compuesto de numerosos documentos gráficos y comerciales: carteles, grabados, facturas, dibujos y caricaturas, acuarelas, pegatinas, mapas y planos, álbumes de cromos, tarjetas postales, calendarios y almanaques, etiquetas y envases, etc. No podemos dejar de hablar de los documentos que nos hablan de la religiosidad asturiana que incluye recordatorios, estampas, esquelas, etc.
La visita continuó visitando otras dependencias donde se conservaban carruajes, trillos, carros, arados, segadoras, empaquetadoras, en fin, todo tipo de vehículos y aperos necesarios para el trasporte y la labranza. En total fue una larga visita, que se nos hizo apasionante y rememorativa, por el buen talante y explicaciones de “Juaco”, del que nos despedimos con agradecimiento a la puerta del museo.
“Convivium”
Para terminar la larga jornada, nos esperaba la exposición “Convivium, arqueología de la dieta mediterránea”. Es un proyecto del MAN, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Ayuntamiento de Gijón. Esa exposición estuvo ya en el MAN y muchos de nosotros la habíamos visitado, aunque en esta exposición de Gijón se añadía la cultura sidrera asturiana que desde 2024 es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Debido a haberla visto antes, hubo compañeros que prefirieron saltarse la visita y regresar a los hoteles a descansar un rato antes de la cena.
La exposición es una propuesta que invita a recorrer el origen y evolución de la alimentación en el mundo mediterráneo, desde la prehistoria hasta la actualidad. La exposición aborda la dieta mediterránea como un fenómeno cultural complejo, reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, que integra conocimientos, tradiciones, rituales y formas de vida vinculadas a la producción, preparación y consumo de alimentos. La exposición destaca además que comer juntos favorece la convivencia, la identidad cultural y la transmisión de tradiciones entre generaciones. A través de más de 300 piezas arqueológicas, artísticas y etnográficas, junto con recursos gráficos y audiovisuales, Convivium propone un recorrido que permite comprender cómo la alimentación ha influido en la organización social, la economía y la cultura a lo largo del tiempo.
La muestra incorpora además los avances más recientes en investigación arqueológica, explicando el papel de la arqueología y de las técnicas científicas modernas para descubrir qué comían nuestros antepasados mediante el estudio de restos de semillas, huesos, cerámicas y otros materiales, ofreciendo una visión actualizada sobre la construcción histórica de la dieta mediterránea.
El título de la exposición hace referencia al término latino Convivium, que designaba las reuniones en torno a la mesa, subrayando la importancia del acto de comer en comunidad como elemento clave de la identidad cultural mediterránea. La exposición está organizada como si el visitante participara en una comida completa, son seis ámbitos temáticos. Cada uno de ellos representa un momento de ese encuentro y explica un aspecto de la dieta mediterránea, desde la arqueología y la historia. Guiados por Almudena Orejas Saco del Valle, una de las comisarias de la exposición, y acompañante en nuestras las visitas a los castros, fuimos recorriendo cada uno de los apartados de la exposición.

Almudena Orejas explicando «Convivium» (Foto Belén Martínez)
El aperitivo, sirve como introducción a la exposición. Explica qué significa realmente la dieta mediterránea, que va mucho más allá de una lista de alimentos. Se presenta como un modo de vida que incluye, la producción de alimentos, las formas de cocinar, el acto de compartir la comida, las tradiciones y celebraciones relacionadas con ella y muestra el papel clave de la investigación para su conocimiento.
La carta, en este apartado se presentan los alimentos que forman la base de la dieta mediterránea. Se analiza el origen y la evolución de productos como: los cereales (trigo y cebada), el aceite de oliva, el vino, las legumbres, las frutas, las verduras, el pescado y la carne.
También nos muestra cómo distintos pueblos (iberos, fenicios, griegos, romanos y musulmanes) fueron incorporando nuevos cultivos y formas de alimentación, que acabaron formando parte de la cocina mediterránea. En la exposición encontramos aperos de labranza, muestras de cereales, exvotos de animales, queseras, cuernos de ordeñar, elementos de caza, anzuelos, arpones y otros útiles de pesca.
La compra y la despensa, este espacio explica todo lo que ocurre antes de cocinar. El mercado es esencial para la alimentación, es la vía de entrada de novedades en la dieta y punto de encuentro, socialización e intercambio de bienes e ideas. Las piezas e imágenes que se exponen están relacionadas con el intercambio, parte esencial de la vida cotidiana desde tiempos remotos. Nos encontramos con romanas, balanzas, modios, y distintos tipos de cestos.
La despensa y la cocina. Las prácticas de conservación y almacenamiento son necesarias, pues garantizan el paso entre la obtención de los alimentos y su consumo, alarga la disponibilidad de los productos y garantiza una alimentación segura. La exposición nos presenta distintos recipientes, para guardar y conservar alimentos, tinajas, ánforas Dressel 12, (para contener el garum), dolium, etc.
La cocina es el espacio de preparación de las comidas desde la molienda al cocinado, pero también el corazón de la vida familiar, allí las mujeres cocinaban, cuidaban los hijos, molían los cereales. Encontramos en la exposición sistemas antiguos de almacenamiento, conservación y preparación: ollas, molinos circulares, cuencos, fuentes, calderos, potes, morillos, los trípodes para suspender los calderos sobre el fuego mediante cadenas y argollas. El objetivo es demostrar que disponer de alimentos durante todo el año siempre ha sido un gran reto para las sociedades mediterráneas, siendo de vital importancia el uso de distintas especias.
¡A la mesa!, es el núcleo de la exposición. Aquí se explica cómo comían las personas en distintas épocas, qué utensilios utilizaban, cómo eran las cocinas, cómo se organizaban los banquetes, quién preparaba la comida. Se invita a un recorrido histórico, con parada en las mesas aristocráticas romanas y modernas, observando las formas de comer, pero, sobre todo, de relacionarse en torno a la comida. Nos encontramos con distintos tipos de vajilla, romanas de terra sigilata, de madera proveniente de Tabacalera, platos de Talavera, vasos de la Real Fábrica de Cristales de La Granja de San Ildefonso, jarras de mesa de bronce, etc.
El apartado “Sobremesa”, se centra en el aspecto social y cultural de la alimentación. Comer juntos tenía un importante valor social y político. En el mundo romano, por ejemplo, el convivium era una reunión donde, además de comer, se conversaba, se cerraban acuerdos y se reforzaban las relaciones sociales. La comida aparece como un momento para conversar, transmitir conocimientos, celebrar fiestas, mantener tradiciones familiares, fortalecer la identidad de una comunidad. La exposición nos muestra kylix y crateras griegas para tomar vino, pero también jarras romanas, jarras y porrones asturianos y termina con un apartado para la sidra donde se presentan jarras, vasos y botellas de sidra. Todo ello nos recuerda que la dieta mediterránea incluye valores como la hospitalidad, la convivencia y el intercambio cultural.
Una dieta sostenible y saludable. El recorrido termina relacionando el pasado con el presente. Nuestra guía nos explica que en la antigüedad se pasaba hambre, que existían grandes desigualdades sociales y nos encontramos en la exposición, con unos esqueletos en los que se detectan problemas de malnutrición.
En resumen, la dieta mediterránea sigue siendo uno de los modelos alimentarios más recomendados, favorece una alimentación equilibrada, utiliza principalmente productos vegetales, aprovecha los recursos locales y de temporada, reduce el desperdicio de alimentos y promueve formas de producción más sostenibles. Muchas prácticas actuales consideradas sostenibles tienen su origen en costumbres, intercambios culturales y conocimientos compartidos, desarrolladas durante miles de años en las sociedades mediterráneas, un modo de vida basado en la agricultura, la pesca, la ganadería, la cocina y el acto de compartir la comida.
Por último, y como elemento que nos llamó la atención no puedo dejar de señalar un Áureo de Adriano, en el que en el reverso aparece una alegoría de Hispania, reclinada con una rama de olivo y un conejo a sus pies. A parte de la belleza de la moneda, nos recuerda que para los romanos Hispania era una tierra fértil, productiva y feraz.

Convivium, aureo de Adriano (Foto Teresa Gutiérrez Blanco)
Después de un largo día, muchos de nosotros nos dirigimos a Cimadevilla y repusimos fuerzas en alguna de las muchas sidrerías que se encuentran en esta zona, después de una larga y apasionante jornada.
Domingo 31 de mayo
Para enfrentarnos a nuestro último día del viaje, nos reunimos una vez más en el Hotel Marqués a las 8:45 para desde allí visitar en la zona de Cimadevilla los vestigios romanos de Gijón. Como siempre íbamos acompañados por nuestros guías Carmen, Rubén y Almudena, que habían protagonizado y puesto en valor a lo largo de los años, las excavaciones en el Gijón romano.
Antigua Tabacalera
Nuestra primera parada fue en la excavación arqueológica del pozo-depósito de la antigua Fábrica de Tabacos de Gijón, localizado en el barrio histórico de Cimadevilla. Tras el cierre definitivo de la fábrica en 2002, las obras de rehabilitación arquitectónica e investigación arqueológica sacaron a la luz, tanto el depósito romano como las antiguas estructuras del convento barroco. Este hallazgo excepcional se produjo durante las obras de reconversión del edificio entre los años 2006 y 2009, bajo la dirección de un equipo interdisciplinar liderada por Carmen Fernández Ochoa.
El subsuelo del patio del antiguo convento barroco de las Agustinas Recoletas escondía una impresionante estructura hidráulica que funcionó como un archivo del tiempo.
La excavación ahora dirigida por Rubén tiene como objetivo crear un nuevo centro cultural llamado “Tabacalera, Espacio de Cultura Contemporánea”, estando actualmente en fase final de musealización. El proyecto arquitectónico contempla la instalación de pasarelas en el claustro para que el pozo romano sea un elemento central y visitable del futuro complejo cultural.
El complejo arquitectónico nació, en 1670, como Convento de las Agustinas Recoletas. Su iglesia, finalizada en 1684, era un austero templo barroco. Con la desamortización eclesiástica de 1842, el Estado incautó el edificio religioso para transformarlo en la primera gran industria de Gijón: la Fábrica de Tabacos. Para adaptar la iglesia al uso industrial, se acometieron grandes reformas, en las que se tapió por completo la cabecera del templo, se cegaron las ventanas para controlar la luz, se sustituyó el enlosado original del suelo por un entarimado de madera especial. Todo esto se hizo para aislar el espacio y conseguir las condiciones óptimas de temperatura y humedad necesarias para la conservación del tabaco. El interior de la nave de la iglesia pasó a ser utilizada principalmente como el gran almacén de la fábrica.
En el interior de la fábrica trabajaban, en su época de máximo esplendor, hacia 1880, más de 1.600 cigarreras frente a apenas 41 hombres dedicados a tareas de administración o fuerza. Estas mujeres se convirtieron en un símbolo del movimiento obrero femenino, fueron de las primeras mujeres de la región en organizarse en sindicatos y promover huelgas para defender la conciliación familiar, la lactancia y salarios dignos. Durante más de un siglo, cientos de mujeres asturianas trabajaron en los talleres de la fábrica, realizando sus labores cotidianas literalmente encima del pozo-depósito romano subterráneo, sin que nadie sospechara lo que el subsuelo escondía.
La excavación arqueológica encontró un aljibe construido a finales del siglo III o principios del siglo IV d.C., coincidiendo con la época de la muralla romana de Gijón. Es una gran estructura subterránea de planta casi cuadrada de 36 metros cuadrados y más de 4 metros de profundidad., con una capacidad que se calcula que podía almacenar entre 100 y 150 metros cúbicos de agua. Los arqueólogos han determinado que el depósito estaría integrado originalmente en un edificio civil romano de dos plantas con forma de torre.

Antigua Tabacalera, depósito romano (Foto Diego Trinidad)

Antigua Tabacalera, vista depósito romano y cubierta actual (Foto Beatriz Manso)
El depósito de Tabacalera sirvió como un «vertedero» cronológico tras dejar de usarse como aljibe a finales del siglo V. El gran valor científico de la excavación radica en que las condiciones de humedad, la falta de oxígeno y un posterior derrumbe en el siglo XIII sellaron el pozo por completo, haciendo el “efecto nevera” o “capsula del tiempo”. Esto generó un ambiente anaeróbico perfecto que conservó materiales orgánicos que habitualmente se pudren y desaparecen en otros yacimientos arqueológicos. La acumulación gradual de objetos cotidianos proporcionó información sobre cómo era la vida en la villa de Gijón durante los llamados siglos oscuros (del siglo VI al VIII). Los restos recuperados abarcan desde el fin del Imperio Romano hasta el siglo VIII, aportando una luz sin precedentes sobre la transición a la Edad Media.
Se han encontrado objetos cotidianos de madera como piezas de mobiliario, platos, cuencos, vasijas y cubos para extraer el agua; útiles de labranza de madera y hierro, como un podón; restos orgánicos, aparecieron suelas de calzado de cuero romano bien conservadas, textiles y cuerdas; semillas y polen que mediante el análisis arqueobotánico permitió reconstruir con exactitud la dieta, la agricultura y la vegetación de Gijón a lo largo de esos tres siglos; fauna, localizándose miles de restos de moluscos y huesos de animales que desvelan los hábitos ganaderos y de consumo de la población astur-romana de aquellos tiempos.
Por otro lado, la reforma arquitectónica, suscito comentarios negativos, entre los visitantes, ya que la cubierta que se ha realizado sobre el patio, donde se encuentra el pozo, tapa los dinteles de muchas de las ventanas barrocas. Pero como se comentó los arquitectos son los que establecen las decisiones finales en una reforma.
Desde allí, nos desplazamos hasta la muralla romana de Gijon, que se data de finales del siglo III a principios del siglo IV a.C. En esta época tardorromana, la ciudad de Gijón se fortificó con una potente muralla adaptada a la topografía del terreno, actual barrio de Cimadevilla. Esta fortificación estaba relacionada con la presencia del Ejército romano en el noroeste del imperio por razones de tipo estratégico. De la puerta principal de la muralla se conservan dos torres cuadrangulares con entrada de doble arco. La fachada de carácter monumental está construida con sillares de arenisca y unidos con grapas de metal, cuyas huellas aún se pueden observar.

Gijón, restos de las torres de puerta de la muralla romana
Esta fortificación supuso el origen urbanístico del Gijón actual y defendió con éxito la península de Santa Catalina durante mil años, hasta que fue destruida en el año 1395. En ese año, Gijón sufrió un devastador asedio debido a las luchas dinásticas entre el rey Enrique III de Castilla y el conde Alfonso de Gijón y Noriega. Tras el asalto, la ciudad fue incendiada y la muralla derribada casi por completo.
Durante los siglos XV y XVI, los habitantes de Gijón utilizaron los robustos cimientos romanos de la muralla como cimentación y las piedras caídas como cantera pública para levantar nuevos edificios y defensas. Un ejemplo claro de esto es la Torre del Reloj, levantada originalmente en 1572 apoyándose directamente sobre los restos de una antigua torre de la muralla romana.
El monumento permaneció oculto bajo las casas de Cimadevilla hasta que, a partir de 1982, tras el descubrimiento de restos de esta muralla se iniciaron las excavaciones arqueológicas, que sacaron a la luz su trazado, dirigidas por Carmen Fernández Ochoa, y en las que participó nuestra compañera Belén Martínez. Por lo tanto, acompañados de ellas y de Rubén que también participa actualmente en la conservación de la muralla, fuimos siguiendo su recorrido y nos fueron relatando las dificultades y las resistencias que sufrieron para realizar dicha excavación y poner en valor los restos conservados, que hoy en día se encuentran musealizados y se pueden contemplar, integrándose de manera fascinante en el paisaje urbano. Es verdad que en algunas partes se recrecieron con ladrillo los elementos más destacados de la muralla, torres y puertas, tratando de evocar lo que pudo haber sido este monumento en época romana.

Gijon, restos de la muralla romana (Foto Diego Trinidad)
La muralla tenía un perímetro de unos 850 a 900 metros de largo. Su función principal era cerrar herméticamente el istmo de la península conectando los dos brazos del mar Cantábrico. La muralla construida con unos muros que tenían un espesor monumental de entre 3 y 4,60 metros, y doble paramento de sillería y mampostería local, rellenado en su interior con un durísimo mortero de cal y piedras. El lienzo de la muralla estaba reforzado a intervalos regulares por torres semicirculares exteriores que permitían flanquear y vigilar eficazmente todo el perímetro.
Nos detuvimos en la calle Recoletas, justo al lado de la Torre del Reloj, donde se conserva un gran tramo excavado y visible bajo los soportales de un edificio moderno y donde se recrearon los grafitis romanos de la película “La vida de Brian” para de esa forma darle una pátina de ciudad romana y evitar los grafitis actuales.

Gijón, graffiti «romano» (Foto Daniel Domínguez)
También nos contaron que en una sidrería de la zona se encuentran restos de la muralla que querían retirar cuando realizaron las obras de la sidrería, pero que pudieron convencer al dueño para que las conservara y actualmente están integradas en el local, como pudimos comprobar, más tarde, algunos de nosotros, que paramos en la sidrería “La casona de Jovellanos” a reponer fuerzas.

Gijon, muralla romana en la Sidrería la Casona (Foto Diego Trinidad)
Termas romanas
Una vez visitada la muralla nos dirigimos a la plaza de Campo Valdés a visitar las Termas Romanas de Campo Valdés situados en el subsuelo del barrio de Cimadevilla, justo frente a la iglesia de San Pedro y a nivel del mar en Gijón. Están consideradas como uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del norte de España y fueron declaradas Bien de Interés Cultural en 1987.
Estas termas son unos baños públicos de época alto imperial (siglos I al IV d.C.). Se descubrieron de forma casual en 1903 gracias a los eruditos locales Calixto Alvargonzález y Julio Somoza, mientras se realizaban obras de alcantarillado en la zona. Permanecieron protegidas y ocultas bajo tierra hasta su musealización definitiva en el año 1995.
La destrucción de la antigua iglesia de San Pedro durante la Guerra Civil Española fue el factor urbanístico clave que permitió el redescubrimiento y la excavación definitiva de las termas, al despejar el espacio del subsuelo donde se ocultaban. La iglesia original del siglo XV sufrió gravísimos daños e incendios en el año 1936. Tras el conflicto, el templo quedó en un estado de ruina prácticamente total, lo que obligó a su demolición completa. Al desaparecer los cimientos del antiguo edificio y sus construcciones anexas, el subsuelo de la zona de Campo Valdés quedó totalmente accesible por primera vez en siglos. Cuando se decidió reconstruir la iglesia de San Pedro en 1945, se modificó sustancialmente su diseño y planta. El nuevo templo de estilo neorrománico se retranqueó y se construyó desplazado respecto a la ubicación del original. Esto generó un gran espacio abierto pavimentado justo delante de la fachada principal: la actual Plaza de Campo Valdés.
Al quedar este espacio libre de edificaciones, los arqueólogos supieron que las estructuras que Calixto Alvargonzález había visto en 1903 se encontraban exactamente debajo de esa nueva plaza pública. Las ruinas ya no estaban atrapadas bajo los muros de un edificio religioso en uso, sino bajo un suelo urbano municipal.
Esta situación urbanística heredada de la posguerra fue la que hizo técnicamente viable el gran proyecto de excavación de 1990 dirigido por Carmen Fernández Ochoa y Paloma García Díaz. Al tratarse de una plaza diáfana, se pudo levantar el pavimento por completo, excavar a fondo sin riesgo para las estructuras de viviendas o templos, consolidar los restos in situ y edificar el actual museo subterráneo sin alterar el perfil exterior del barrio de Cimadevilla, aunque esta intervención como nos contaba Carmen no dejo de levantar polémica y presiones incluso personales, recriminándola de que cómo se atrevía a levantar la plaza, el lugar preferido de paseo de su tío, el Premio Nobel Severo Ochoa, que paseaba por allí con su novia.
La excavación arqueológica moderna, completa y sistemática que sacó a la luz la totalidad del complejo comenzó en 1990 dentro del denominado “Proyecto Gijón de excavaciones arqueológicas” promovido por el Ayuntamiento. Bajo la dirección técnica de Fernández Ochoa, se vació y consolidó científicamente el subsuelo de la plaza, logrando recuperar la distribución romana original y los restos de las pinturas murales. Esta intervención culminó con la inauguración del museo subterráneo en el año 1995.

Gijón, Museo de las Termas (Foto Sanz Olmeda)
El complejo original romano estaba dividido en dos grandes sectores bien diferenciados: la zona doméstica y la zona termal. El recorrido de los baños públicos seguía un circuito térmico clásico a través de diferentes salas y ambientes. Apodyterium: El vestuario donde los ciudadanos se cambiaban de ropa para iniciar el recorrido de baños. Frigidarium: La sala de baños fríos que abría paso al resto de los ambientes cálidos del complejo. Tepidarium: Una sala templada de aclimatación intermedia para evitar cambios bruscos de temperatura corporal. Caldarium: La sala de agua caliente equipada con una piscina de un metro de profundidad. Sudatorium: Una estancia circular complementaria utilizada específicamente como sala de sudoración o sauna.
Nuestra visita comenzó con un video didáctico e interesante sobre las termas, su historia y su recreación. Luego fuimos recorriendo esa primera zona informativa dotada de maquetas, y objetos recuperados, expuestos en vitrinas entre los que encontramos: vajilla de mesa de Terra Sigillata, se hallaron abundantes fragmentos de recipientes de importación que llevaban impreso el sello del taller alfarero de origen, lo que confirmó las rutas comerciales con otras regiones del Imperio; cerámica negra local, vajilla de cocina con vesículas generadas por un tipo de horno y cocción autóctono de la zona de Gijón, reflejo de la producción artesanal del asentamiento; objetos personales, destacando fragmentos de una muñeca romana y diversos adornos; vidrio romano, fragmentos de botellas, ungüentarios para aceites aromáticos y copas finas utilizadas en los baños; monedas de diversas épocas del Imperio que ayudaron a fijar la cronología exacta de uso del complejo.
Posteriormente siempre con las brillantes explicaciones de nuestros guías fuimos por la pasarela arqueológica, que reproduce la circulación interior de las termas y permite observar las estancias originales de los baños, encontrando como elementos más destacados:
El hipocausto, del que se conservan las columnillas de ladrillo originales del avanzado sistema de calefacción subterráneo romano, así como ladrillos refractarios y piezas tubulares de arcilla (tubuli laterici) que se encastraban en los muros para canalizar el aire caliente del hipocausto.
Las pinturas murales, de las se recuperaron y restauraron fragmentos muy importantes de frescos con motivos geométricos, y zócalos que imitaban el mármol y que habían adornado las salas de descanso y conversación tras los baños, siendo un ejemplo único de pintura romana conservada in situ en España. Nosotros tuvimos la suerte que la explicación de cómo se recuperaron, consolidaron y se expusieron, nos fuera contando nuestra compañera de viaje María Antonia Moreno Cifuentes, que fue la restaruradora encargada del tratamiento las pinturas.

Gijón, Museo de las Termas – María Antonia Moreno explicando la restauración de los mosaicos (Foto Andrés Carretero)
El yacimiento medieval, en el mismo entorno se localizaron restos de la antigua muralla romana y tumbas de una gran necrópolis de la época medieval, se encontraron sarcófagos de piedra, con enterramientos medievales intactos, depositados sobre las antiguas salas romanas y tumbas de lajas con restos óseos.
Por último, observamos que las termas y el yacimiento medieval continuaban hacia el norte, pero ya no se pudo seguir la excavación pues se encuentran debajo de los cimientos de la nueva Iglesia de San Pedro.
Terminada la visita y después de despedirnos de todos estos estupendos compañeros que nos han acompañado y enseñado los castros asturianos y los vestigios romanos de Gijón, y cargados con el catálogo de la exposición Convivium, que amablemente nos regaló Paloma García Díaz, jefa de los museos arqueológicos de Gijón que tanto facilitó nuestro recorrido, nos dirigimos al autobús para volver a Madrid.
Una vez que salimos de las bellas tierras de Asturias paramos a comer en el restaurante la Parrilla Ruta 987, en Ribaseca de León, que nos sorprendió por una sabrosa, abundante y bien cocinada comida, con muchos platos, que no dejamos en la mesa y realizamos el último convivium de estos días, con agradables conversaciones y la satisfacción de haber realizado un intenso, pero apasionante viaje, como son todos los de AMAN.
Desde allí ya seguimos viaje, parando en Las Rozas, para despedir a “Melus”, Belén y Andrés que allí se quedaron y los demás seguimos hasta el MAN, donde nos despedimos hasta la próxima vez, o el próximo viaje en que nos encontremos, si la suerte nos acompaña.
Diego José Trinidad Trinidad

