Viaje arqueológico a los castros vettones
AMAN organiza una visita arqueológica a Ávila para adentrarnos en el corazón del mundo vetton, una de las culturas prerromanas más singulares de la Península Ibérica. Durante los días 25 y 26 de abril, recorreremos algunos de los enclaves más representativos de este territorio histórico: el Castro de Las Cogotas (Cardeñosa), referencia imprescindible para entender la Edad del Hierro; la Torre de los Guzmanes y la exposición Vettonia, que contextualizan y ponen rostro a este pasado ancestral; los castros de La Mesa de Miranda (Chamartín) y Ulaca (Villaviciosa), espectaculares por su monumentalidad y su integración en el paisaje; y los emblemáticos Toros de Guisando (El Tiemblo), símbolos de identidad y memoria colectiva.
La actividad se enmarca en los valores propios del territorio abulense: paisaje abierto, dehesas, granito, ganadería y una profunda relación entre las comunidades humanas y su entorno. Aquí, la arqueología dialoga directamente con la naturaleza, ayudándonos a comprender formas de vida ligadas a la tierra y al control del espacio.
Nos acompañará el profesor Jesús Álvarez-Sanchís, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y uno de los mayores especialistas en cultura vetona, que nos guiará con rigor y cercanía a través de los yacimientos y de las claves históricas que los explican.
Una oportunidad única para caminar por paisajes milenarios y descubrir un patrimonio que sigue vivo en la piedra y en la memoria del territorio.
CRÓNICA DEL VIAJE «CASTROS VETTONES»
25 y 26 de abril de 2026
Acompañados ya desde Madrid por Jesús Álvarez-Sanchís, catedrático de Arqueología de la Universidad Complutense que iba a ser nuestro inmejorable guía, salimos temprano en la mañana del pasado sábado 25 de abril desde el Museo Arqueológico Nacional hacia Ávila con un poco de retraso y un pronóstico meteorológico adverso… Nada que una buena disposición por parte de todos (y la casuística de los sitios a visitar) supusiera un problema insalvable por lo que los organizadores decidieron cambiar los planes iniciales, concentrando en la mañana la visita a los dos castros que inicialmente se iban a repartir en jornada de mañana y tarde, dejando para la franja vespertina las visitas bajo techo.
Aunque siempre (salvo en casos puntuales) viajamos todos juntos en un solo autobús, finalmente se había decidido ir en dos pequeños buses, lo que, si bien nos facilitaría sobremanera el acceso al castro de la Mesa de Miranda, por otra parte, nos impedía que Jesús pudiera contar a todo el grupo la introducción a las visitas. Dado que entre sus muchas virtudes nuestro guía carecía del don de la ubicuidad, hicimos de la necesidad virtud y se improvisó un sistema de “tecnología punta” consistente en una llamada de teléfono desde el autobús en el que iba Jesús y la aplicación del micrófono del segundo autocar a la salida de la llamada al móvil receptor. Problema solucionado e introducción realizada.
Comenzamos el sábado pues, con la visita al castro de Las Cogotas, del que nuestra querida compañera Yanyan días antes nos había enviado las fotos de piezas relacionadas con el tema en exposición en el MAN.
El profesor Álvarez-Sanchís nos aproximó a la figura de Juan Cabré, quien a finales de los años 20 y principios de los 30 del pasado siglo, fue pionero en la excavación de los castros y necrópolis de la Edad del Hierro en la provincia de Ávila, sentando a través de aquellas, las bases de la identificación arqueológica de los vettones. Sobre el propio territorio del yacimiento nos hizo ver la importancia de la geografía para entender el poblamiento prehistórico, idea con la que ya Cabré comulgaba.

Cogotas, viviendas y líneas de fortificación (Foto: Andrés Carretero)
Las Cogotas es un poblado sobre una pequeña elevación que cuenta con dos recintos fortificados, uno alto o acrópolis en el que seguramente vivían las élites y otro bajo, antiguamente considerado como encerradero de ganado, pero en el que posiblemente viviera la mayoría de la población -en casas rectangulares-, con tres entradas en cada una de estas murallas. De esas seis puertas, la principal, por la que nosotros entramos al castro, tiene forma de embudo para hacer más efectiva la defensa.

Cogotas, puerta en la muralla (Foto: Carmen Sainz)
La muralla, de mampostería de granito, se adapta a la topografía aprovechando las ventajas que esta le brinda y tiene en su zona norte unos engrosamientos a modo de bastiones, delante de los cuales hay un campo de piedras hincadas, extremo este que a todos nos llamó mucho la atención, dado que la simpleza de este mecanismo defensivo era directamente proporcional a su eficacia.

Cogotas, campo de piedras hincadas (Foto: Jesús Martin)
Aunque hay referencias de intervenciones en el siglo XIX en Las Cogotas, con el descubrimiento de verracos entre otras piezas, fue entre los años 1927 y 1929 cuando se realizan las primeras excavaciones en el castro por parte de Cabré, quien también excavó la necrópolis en los dos años siguientes, localizando casi 1.500 tumbas de incineración. La fantástica documentación de Cabré, a través de fotografías y dibujos, permite incluso seguir el proceso de trabajo llevado a cabo. A finales de los años 80, y debido a que se iba a acometer la construcción de un embalse, nuestro presidente, Gonzalo Ruiz Zapatero, capitaneó los trabajos de un equipo de arqueólogos entre el que se encontraba el profesor Álvarez-Sanchís, en la zona que luego, tal como pudimos ver, quedó anegada y en la que se encontraron restos que hacen pensar en la presencia tanto de una zona de alfar como de un gran basurero.
Nos explicó Jesús que, tal como se sigue haciendo hoy en día, estos pueblos de la Edad del Hierro sacaron a sus muertos fuera de los poblados de habitación; así, visitamos la necrópolis de Las Cogotas que está a unos 200 metros del castro. Los enterramientos estaban en cuatro zonas diferenciadas, posiblemente respondiendo a grupos familiares. Los restos de los individuos cremados se introducían en urnas junto a un ajuar en la menor parte de los casos y siendo estos distintivos del grupo social, y las vasijas eran enterradas a poca profundidad, colocando sobre ellas -sobre una o varias- estelas que todavía pudimos ver en su sitio primigenio. Esas estelas, comentó Jesús, permitían recordar el lugar y la memoria de los antepasados. El número de individuos en la necrópolis hace pensar en un grupo de habitantes entre 200 y 250, al menos en los siglos IV y III, fecha del cementerio.
Desde Las Cogotas nos fuimos hasta la población de Chamartín, donde está el castro de la Mesa de Miranda, en un cerro amesetado y también excavado por Juan Cabré, su hija Encarnación y Antonio Molinero a comienzos de los años 30, centrando sus trabajos en la necrópolis del poblado, conocida como La Osera, por la gran cantidad de huesos que en ella se encontraron en sus más de 2.200 sepulturas que sugieren una población de en torno a unos 500 habitantes, al menos en los siglos IV y III a.C.

Mesa de Miranda, túmulo sepulcral (Foto: Carlos Siemens)
Este castro cuenta con tres recintos amurallados, con la particularidad de que el más reciente deja dentro de él los túmulos de enterramiento anteriores. Los enterramientos se distribuyen en seis zonas, posiblemente siguiendo grupos de descendientes familiares, linajes o clanes que controlaban cada uno diferentes tipos de producciones, por lo que es posible que esta separación sobre el terreno se hiciera para, de alguna manera, individualizar y reforzar los derechos de cada uno de ellos. Los ajuares incluían piezas que nos hablan de sus relaciones comerciales. Pero, al igual que en Las Cogotas, Jesús nos hizo hincapié en el hecho de que sólo una minoría tenía ajuar, y, en ese caso, sólo unas pocas contenían muchos y ricos objetos, desvelando una estructura piramidal de la sociedad cuya cúspide era una élite militar con caballos y armas de lujo.
Pero lo que más llamó la atención al grupo en la visita del castro fue su estructura defensiva, con una muralla de piedra de casi 3 kilómetros, con un espesor medio de entre 4 y 6 metros, dividida en tres recintos yuxtapuestos, con torres y bastiones. Los dos primeros recintos, de los siglos IV y III a.C. son coetáneos al cementerio, y tenían delante un foso y un impresionante campo de piedras hincadas. El tercer recinto se hizo encima de la necrópolis, con una puerta en esviaje, lo que obligaría al enemigo a tener que recorrer un estrecho pasillo desde cuyos dos lados, en altura, serían atacados pudiendo sólo cubrir uno de sus flancos con el escudo, haciendo el recinto prácticamente inexpugnable. Jesús nos explicó que seguramente el levantamiento de este tercer recinto respondió a un momento de inseguridad debida a la conquista romana en la Meseta.

Mesa de Miranda, campo de piedras hincadas (Foto: Jesús Martin)

Mesa de Miranda, recinto amurallado (Foto: M. Luisa García de la Rocha)
En este castro aparecieron cinco verracos que, junto a los hallados en Las Cogotas, hicieron que Cabré les adjudicara un significado religioso en relación con la protección de la ganadería. Se les colocaría en los mejores pastizales, en las mejores zonas de cultivo.
Finalizada la visita a los dos castros previstos para el día, nos esperaba un rato de descanso y avituallamiento en el restaurante Posada de la Fruta, en Ávila, donde pudimos disfrutar de una buena comida y de un café tomado sin prisas (como suele acontecernos…) dado el cambio de planes para el día.
El Museo de Ávila, en la Casa de los Deanes, está organizado en las dos plantas del edificio, divididas a su vez en salas de las que sólo visitamos junto a Jesús las de la Historia de Ávila en la planta baja, deteniéndonos en aquellas con los restos materiales de la cultura vetona.

Museo de Ávila, patio Casa de los Deanes
Las salas, muy pequeñas y con angostos pasos entre las vitrinas, no permitían que pudiéramos estar todos a la vez atendiendo a las indicaciones que sobre algunas piezas iba dando Jesús, que se paró especialmente a hablar sobre una cupa con cenizas con un verraco en miniatura con una inscripción y que se trataba de un epitafio, de una gran espada de antenas o de una ajorca de oro de la Edad del Bronce, de la que nos comentó la curiosidad de que fue durante años el llamador de la puerta de la casa de un pastor.
Además, y antes de abandonar el edificio, muchos de nosotros hicimos un rápido recorrido por las siempre sugerentes salas dedicadas a la cultura tradicional, que recogen las artes y actividades populares desaparecidas o en vías de extinción. Aledaño al mismo, este Museo cuenta con un almacén visitable en la Iglesia de Santo Tomé el Viejo donde se encuentran sobre todo los fondos pétreos y de gran envergadura, como numerosos verracos, entre ellos uno de los toros de Las Cogotas. Nos explicó Jesús que se piensa que existían “escuelas de canteros”, pues se encuentran en distintos sitios verracos similares.

Grupo en la puerta de Santo Tome, Museo de Avila (Foto: Carmen Sainz)

Almacén del Museo Avila en la iglesia de Santo Tomé (Foto: Concha Papí)
Desde allí, y en un agradable paseo por la ciudad, llegamos hasta el Torreón de los Guzmanes, de principios del siglo XVI y declarado Monumento Nacional en 1983, donde la Diputación Provincial de Ávila ha instalado la exposición “Vettonia. Cultura y Naturaleza”, en torno a los castros y verracos de la provincia y que nos recibió a su entrada con un enorme toro castreño. Funciona como Centro de Interpretación de la Cultura Vettona y su cometido es, según nos explicó Jesús, que a través de una introducción general sobre los vettones en Ávila, se incline el ánimo de los que hasta este edificio renacentista se han acercado, a visitar esos castros que tienen cercanos.

Verraco en la entrada de la exposición «Vettonia» (Foto: Carlos Siemens)
La exposición, muy didáctica, va recorriendo los distintos aspectos que configuran la cultura vetona, comenzando por la explicación de quiénes eran esas gentes y cómo vivían, y acercándonos mediante piezas, maquetas, dibujos y fotografías a su arquitectura, actividades agrícolas y ganaderas, trabajos de cantería o el urbanismo de sus castros, reproduciéndose el interior de una vivienda vetona. Asimismo, se explican el significado y cronología de los verracos, el ritual funerario de este pueblo de la Edad del Hierro y su sociedad. En una gran sala se presentan los principales castros y verracos de la provincia, circunstancia que Jesús aprovechó para remarcar ideas sobre los ya visitados en la mañana y anticipó lo que nos íbamos a encontrar a la mañana siguiente en la visita a Ulaca, en especial el altar de sacrificios, explicándonos que se conoce este uso porque existe uno similar en lo que era la Lusitania, en cuyo lateral hay una inscripción romana en la que se describe qué es lo que se hacía en ellos, lo que permite esa misma interpretación para el que se encuentra en el yacimiento de Solosancho. Casi al final del recorrido, nuestro guía nos llamó la atención sobre una fotografía de la muralla de Ávila en la que en su base se veía un verraco sobre el que había restos romanos y sobre estos la muralla. Como si se tratara de la prueba de un concurso, algunos de los compañeros dedicaron un buen rato por la noche a buscarlo, con éxito, y muchos pudimos disfrutar de la imagen fotográfica que acreditaba la acertada localización y que nos enseñaron orgullosos.
Tras un día intenso, cena libre en Ávila, en una noche fresca pero agradable que nos permitió disfrutar de la ciudad iluminada. Además, nuestro hotel, Palacio de Valderrábanos, con una ubicación envidiable, daba a la catedral y desde muchos de sus balcones se podía admirar la muralla. Una belleza esta pequeña ciudad tranquila, que parece anclada en décadas pasadas.
Al día siguiente, domingo, y tras el desayuno en el hotel, una furgoneta nos llevó el equipaje a los autobuses para no tener que ir cargados por la ciudad y salimos puntualmente hacia el castro de Ulaca. Ya nos habían anticipado los organizadores que la subida era dura y que fuéramos pertrechados con buen calzado y palos de caminar. Desde luego que todo ello fue necesario, pero el esfuerzo se vio compensado por el disfrute de un paisaje precioso, por el que ascendimos acompañados por el alegre canto de los cucos y, sobre todo, el maravilloso olor de los tomillos omnipresentes en el monte.

Ulaca, subida (Foto: Araceli Muñoz Recio)
Durante la exigente subida, algunos compañeros preguntaban cómo se organizaban en las campañas de excavación para tener arriba acceso al agua y si el ayuntamiento no les facilitaba su acumulación en algún contenedor al principio de las campañas; Jesús nos explicó que no contaban más que con sus manos y, así, en el primer día subían las herramientas necesarias y después eran los propios alumnos los que subían cada día el agua necesaria para la jornada de trabajo, lo que teniendo en cuenta que las campañas de excavación se realizan en los meses estivales, mediatizaba la duración de la jornada de labor midiendo que no faltara el agua durante ella. Asimismo, nos explicó que se iban rotando los turnos de los grupos de estudiantes, de modo que cada uno solía estar entre 8 y 10 días, no toda la campaña completa.
La dura subida (300-400 m de desnivel) tuvo una fantástica recompensa en la vista privilegiada del entorno. El castro de Ulaca se encuentra en un cerro a 1.500 m de altura desde el que se domina, por el lado por el que entramos, el fértil valle Amblés, mientras que el opuesto se abre al agreste paisaje de la Sierra de Gredos.

Ulaca, vista del Valle del Ambles (Foto: José Ángel Rivera)

Ulaca, grupo (Foto: Nieves Herranz Boix)
El poblado, de unas 70 hectáreas de terreno (tres veces más que la ciudad intramuros de Ávila, según nos comentó Jesús) está defendido por una muralla de 3 km. Además de esta población que vivía dentro de la zona fortificada, debió existir alrededor un tejido rural extramuros, invisible al registro arqueológico, en evidente relación con el castro. Estas gentes del valle seguramente se refugiaron en Ulaca en los momentos de peligro.
La muralla, que se adapta a la morfología del terreno e integra los afloramientos graníticos que encuentra en su trazado, está construida con dos paramentos de mampostería en seco, con grandes bloques en su cara externa y piedras de menor tamaño en la interna. Entramos al castro por una puerta en esviaje en la muralla. En el caso de Ulaca no hay delante de la muralla un campo de piedras hincadas como habíamos visto en Las Cogotas o en Mesa de Miranda. La razón, nos explicó Jesús, es que está tan alto y se puede controlar tan eficazmente, que es innecesario. ¡Si hasta se puede oír hablar a la gente que sube al castro! -nos dijo-. Por las laderas se ven senderos, antiguos caminos, roderas de carro.

Ulaca, puerta (Foto: Jesús Martin)
Rápidamente llamó nuestra atención, en la zona más elevada, el impresionante Altar de sacrificios. En una zona absolutamente privilegiada, tallado en la roca de una gran peña, elegida de forma deliberada porque responde a una orientación astronómica, este altar está alineado durante el solsticio de invierno con el pico conocido como el Risco del sol. Tiene una doble escalera por la que se sube a una plataforma donde hay varias concavidades excavadas que se comunican entre sí. Su funcionalidad sagrada, nos dijo Jesús, se conoce por el paralelo de una estructura similar en Portugal, en cuyo lateral los romanos posteriores grabaron una inscripción en latín donde describían los actos de sacrificio de animales que se llevaban a cabo en ella. Pero no sólo animales… Según refiere Plutarco sobre la ciudad vetona de Bletisama (la actual Ledesma, en Salamanca), sus habitantes, los Bletonenses, tenían la costumbre de que en un momento de conflicto o de negociación, sacrificaban caballos y hombres. Los romanos establecen un edicto para prohibir a los vettones que lleven a cabo esta ejecución que les espantaba. Si en el siglo I están prohibiendo a los bletonenses que lleven a cabo esto, es porque lo venían haciendo desde antes…

Ulaca, altar (Foto: Carlos Siemens)
Muy cerca del altar, a unos 150 m hacia arriba, Jesús nos mostró una estructura tallada en otra de las peñas graníticas, lo que se considera una especie de sauna ritual en la que se distinguen tres partes: una antecámara de espera, una cámara principal donde había dos pequeños bancos enfrentados labrados en el granito donde se recibiría el baño de vapor procedente de un horno en el que se haría el fuego y que entraba en la cámara por un pequeño arco de medio punto tallado en la roca.

Ulaca, sauna ritual (Foto: Carmen Sainz)
El altar y la sauna, cercanos, formarían parte del Nemeton, una zona religiosa, un barrio sagrado con estructuras más grandes, en cuyo eje se halla el cementerio. Este se encontró, desgraciadamente -nos comentó Jesús-, debido a una remoción de los furtivos. Entre 2002 y 2003 se excavó y se encontraron algunas tumbas de cremación con puñalitos de hierro, típicos de los siglos II-I a.C., lo que fecha el momento final del cementerio de Ulaca en el contexto de las Guerras Sertorianas. Altar y sauna, únicos, ahondan en la idea de que en Ulaca nos encontramos en la capital de la zona.
En el centro del castro existe una construcción monumental que en estos momentos está en fase de excavación. Se trata de un edificio de planta cuadrada o rectangular, un torreón, construido en su base con grandes bloques de piedra, del que los arqueólogos todavía no han determinado con claridad su funcionalidad. En las primeras campañas en las que se abordó su excavación se estuvo vaciando su contenido: las piedras que formaban sus paredes y que colapsaron hacia el centro de la estructura.

Ulaca, edificación de reciente excavación (Foto: Ivan Gutiérrez)
Llevan excavándolo desde los últimos ocho años, en una intervención complejísima, explicó Jesús. Se han retirado bloques de granito de hasta 300 y 400 kg. que son el derrumbe de todas las piedras de las paredes de ese torreón que mediría entre 8 y 10 metros de alto. Para sacar las piedras, tuvo que subir una cuadrilla de obreros con un transpalé para retirarlas. Se ha dejado adrede una parte del derrumbe sin limpiar como testigo, para que, si en un futuro es visitable, la gente pueda ver cómo se hizo el proceso de excavación. Literalmente se ha vaciado el edificio, se ve el suelo original y lo que hay es una estructura que está dividida en tres habitaciones: una central y dos laterales a las que se accede desde la central a través de unos pequeños vanos. El edificio tiene una escalera de piedra, lo que deja claro que tenía, al menos, dos plantas. En cuanto a su funcionalidad, su céntrica localización así como su altura, hacen pensar en un uso como atalaya de control no sólo del valle que domina, sino sobre todo del trasiego de gentes y productos en el interior del castro. Tiene una única puerta, estrecha, orientada al ocaso, alineación contraria a las puertas de las viviendas, lo que puede sugerir una lectura política y/o religiosa. Además, tiene varios manantiales alrededor que generan agua constante… si lo vinculamos con los verracos, estamos viendo, nos explica Jesús, que es un lugar privilegiado de pasto, de comida de ganado, por lo que debió de ser un punto determinante de cara a las relaciones políticas en el resto de la ciudad. Comentó Jesús que se ha pasado el georradar en la plataforma por la que accedimos al torreón y se ha visto que bajo ella hay edificios del tamaño del torreón, lo que les lleva a pensar, a él y a su equipo, que allí podría localizarse una gran acrópolis o un sitio distinguido en el centro de la parte alta y en la parte más cómoda de todo el poblado.
No todas las hectáreas estuvieron ocupadas, parece que se concentró la población en la zona central y es posible que otras zonas se dedicaran a pastos para el ganado. Se calcula que vivirían allí entre 1.500-2.000 personas. Intramuros se conservan unas 250 estructuras domésticas. El granito hace que las casas afloren a la superficie y, sin excavar, se pueden ver todas ellas. Como no ha habido reocupaciones posteriores, las estructuras hoy visibles pueden responder a las viviendas existentes a finales de la Edad del Hierro. Se han consolidado dos casas excavadas para que se pueda observar cómo eran: fundamentalmente de planta cuadrada o rectangular, con gruesos zócalos de piedra, varias estancias dentro, con una principal en la que estaba el hogar y contaba con un banco corrido. Las paredes serían de mampostería y las cubiertas, a una o dos vertientes, de manto vegetal. En algunas ocasiones el acceso a las casas tiene dos grandes bloques a modo de jambas.

Ulaca, vivienda (Foto: Carmen Sainz)

Ulaca, vivienda (Foto: M. Luisa García de la Rocha)
Muy cerca de estas construcciones se conserva una de las canteras existentes en el castro, tal como la dejaron los vettones, donde pudimos ver las huellas que dejaron las cuñas y los bloques cortados que seguramente se utilizarían para la construcción de las viviendas cercanas. Hay otra cantera, próxima a la muralla en su parte meridional, que debió estar dedicada a la labra de grandes sillares para esa defensa.

Ulaca, cantera (Foto: Jesús Martin)
En conclusión, Ulaca seguramente fue la capital de esa zona vetona, con su principal desarrollo entre el 300 y 50 a.C., cabeza de la actividad comercial y religiosa hasta que, durante la conquista romana, la población debió desplazarse al lugar que hoy ocupa Ávila.
A la bajada del castro, que también tiene lo suyo pero que hacemos todavía fascinados por todo lo que hemos visto, nos contó Jesús que Ulaca forma parte de un programa piloto de control de yacimientos a través de drones que están conectados a una base en León. No había terminado de explicárnoslo cuando se abrió la estructura que lo alberga y el dron se elevó hacia el castro en misión de reconocimiento.
A bordo de nuestros microbuses nos desplazamos hasta el restaurante Venta de La Colilla, donde pusieron a prueba nuestra capacidad de comer con un espectacular cocido en tres vuelcos con “trampa”, porque el primero, el de la sopa, era doble, con dos enormes recipientes de caldo, uno con pan migado y otro con pasta, a los que les siguieron el repollo rehogado y los garbanzos, para culminar con unas fuentes de carne, tanto de ternera como de cerdo, casi imposibles de mermar. Menos mal que, sabedores del exceso de las fuentes los camareros nos repartieron, a destajo más que a demanda, recipientes de plástico para llevarnos las sobras, lo que no dudamos y alegró nuestras mesas algún día posterior de la semana… Eso sí, una vez más y para cumplir con una de nuestras más arraigadas tradiciones, acabamos echándonos el café por encima al grito de ¡nos vamos!
Y, efectivamente, nos subimos a los autobuses con necesidad de hacer la digestión de tan opípara comida con una tranquila siesta mientras llegábamos a los Toros de Guisando, pero el destino nos tenía preparado otro plan, y en uno de los autobuses se reventó una rueda. Lo importante es que, afortunadamente, no pasó nada grave, tan sólo una disminución de la velocidad por precaución y la solicitud de otro autobús en el que volver a Madrid.
En la localidad de El Tiemblo, en un lugar conocido como la Venta Juradera (porque allí en 1468 Enrique IV juró a su hermana Isabel como legítima heredera del Reino de Castilla), nos encontramos con los Toros de Guisando, cuatro ejemplares graníticos de impresionante tamaño, casi 2.80 m de longitud y metro y medio de alzada.

Toros de Guisando (Foto: Carmen Sáinz)
Estos toros se consideran imágenes protectoras e indicadoras de los pastos vettones de su entorno, y su cronología es de entre los siglos IV y III a.C. Están completos y apoyados sobre sus basas originales, que no se aprecian porque las esculturas están enterradas a la altura de las pezuñas. Se pueden ver en todas las figuras rasgos de la anatomía: la marca de los ojos, mandíbulas, orejas y huecos para la cornamenta, que sería postiza. También se ven los pliegues del cuello, las rodillas, el rabo, el sexo. En el costado de alguna de ellas se ven grabados, en dos de ellas hay inscripciones latinas, la que mejor se ve es una mandada hacer por Longino en recuerdo de su padre, Prisco, de la tribu de los Calaeticos. Es una inscripción funeraria del s. II d.C.

Toros de Guisando, verraco con inscripcion latina (Foto: Araceli Muñoz)
Esto ha originado mucho debate sobre que las esculturas de los verracos fueran esculturas romanas y no prerromanas, y hubo de pasar mucho tiempo, una vez que se estudia la tipología de las esculturas y se ha visto que las más grandes, las más naturalistas vienen de castros que son prerromanos, deja claro que estas esculturas ya estaban en tiempos anteriores a los romanos. Lo que ocurre es que no se puede descartar que alguno de los ejemplares más espectaculares, como ese concreto, siguieron sirviendo y teniendo un significado especial, hasta el punto de que ese significado se traslada a un contexto funerario y pasan a convertirse en epitafios latinos de época romana dedicados a alguien importante, en este caso a alguien que pertenece a una tribu, la de los Calaeticos
Con la contemplación de estas esculturas, terminamos nuestro periplo por tierras abulenses. Un grupo nos quedamos esperando el nuevo autobús de repuesto, que lo cierto es que apenas se demoró. Así que, si bien nos habíamos despedido hasta la siguiente ocasión, el infernal tráfico madrileño de los domingos siempre proclive a cortar calles, esta vez por un maratón matutino que por la tarde todavía coleaba, hizo que nos volviéramos a juntar en las puertas del Museo. De nuevo las despedidas y, sobre todo, el sincero agradecimiento a nuestro guía, el profesor Jesús Álvarez-Sanchís y a los organizadores, por este viaje estupendo que hemos disfrutado en todos los sentidos.
Concha Papí Rodes

